El día en que los meseros pudieron desaparecer para siempre

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El día en que los meseros pudieron desaparecer para siempre

En América Latina, desde hace muchos años se acostumbra dejar el 10% del consumo total como propina. En algunos casos es un poco más y cada lugar establece si es obligatorio u opcional.


Esto hace que mucha gente enfurezca cuando la cuenta del restaurante llega y tienen el servicio incluido, mismo que a veces consta de hasta el 25%, por lo que muchas veces, sobre todo en bares, resulta en discusiones con meseros e incluso gerente.    

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 No es una historia nueva. Estados Unidos, país en el que dejar 15% de propina es considerado una ofensa contra el mesero, tiene un historial de odio hacia las personas que sirven la comida y llevan los tragos a la mesa. Tanto que a finales del siglo XIX muchas de las que hoy son las más importantes publicaciones como el New York Times publicaban artículos en los que llamaban a los meseros “males necesarios de una civilización avanzada o:  

 “… la única ocasión en la que a un caballero le era permitido decir groserías frente a una ama era cuando se convertía en una necesidad blasfemar cosas en contra de los meseros”. Y es que ellos veían a los meseros: “piloteando cerca, calculando cada momento y aprovechando para incrementar la porción de lo que ganarían”.  

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Los europeos no tenían problema con dejar propinas, pero eso era lo que más molestaba a los estadounidenses, por lo que cuando Alemania creó el primer restaurante automatizado, Joseph Horn y Frank Hardart llevaron algo llamado el Automat a Estados Unidos y pretendieron comenzar una revolución.  

El proceso era simple en un restaurante que funcionaba a través del Automat, ponías una moneda en la herradura del platillo que desearas, dabas vuelta y tomabas tu comida. En Europa las tiendas así funcionaban con comida fría como sándwiches, pero Nueva York hizo de estas tiendas un éxito al vender exactamente todo lo que un restaurante normal vendería.  

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Claro que el sistema de no dar propina desapareció, pero aún había gente que limpiaba las mesas que se desocupaban, que llenaban los gabinetes con comida y más, simplemente la gente ya no los veía y el precio de la comida era más costosa para pagar a esos “no meseros”. Incluso cuando muchos empleados de los Automats fueron a huelga se le llamó “la huelga invisible”.  

Durante las primeras décadas del siglo XX, incluso en la gran depresión, los Automats de Horn & Hardart fueron un éxito y cientos de miles de personas los visitaban a diario, pero al terminar la Segunda Guerra Mundial y con la llegada inminente de nuevas formas de comercio (faltaban pocos años para que un monstruo llamado McDonald’s realmente revolucionara la industria alimenticia) los Automats comenzaron a desaparecer.  

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El último cerró a principios de los noventa, pero era más una reliquia, una muestra del paso del tiempo en una ciudad que vivió más de lo que habría querido en 100 años que una necesidad. Hoy las disputas continúan, los meseros ganaron, pero las cuotas siguen siendo complicadas, sólo basta con ver las guías de viaje a cada país en el que una de las primeras cosas que te dicen es cuánto debes dejar de propina para evitar problemas.

Esta es una de las tantas historias que puede hacernos reflexionar sobre las ventajas y desventajas de algunas tecnologías, o del uso que se les da. ¿Podemos los hombres ser reemplazados por máquinas? Ese es el tipo de preguntas que se hacen los filósofos, pero que todos también podríamos hacernos. ¿Tú que crees?

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Etiquetas: comida, turismo, vida diaria
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