Así es como perdimos nuestra libertad sin darnos cuenta

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Así es como perdimos nuestra libertad sin darnos cuenta

Todo tiempo pasado fue mejor. Eso es lo que todas las generaciones pensaron, sin embargo puede que nosotros estemos en lo correcto al decirlo. Parece que todos los problemas sin resolver están a punto de estallar y provocar un colapso en la sociedad que no podemos comenzar a imaginar. La sobrepoblación causa desempleo, hambre, calentamiento global, pobreza y desigualdad. Al estar en una economía capitalista, nos enfrentamos a un panorama cada vez más desigual y no importa cuántos años pasen, las guerras no terminan.  


El imaginario colectivo dicta que ante esto se debería responder con el cambio, que la vida nos obligará a tomar un camino difícil pero necesario, sin embargo, el control es nuestra droga, nuestra prisión y nuestra elección. Vivimos sometidos por lo externo, encapsulados en una burbuja de bienestar que nos da la ilusión de estabilidad y felicidad mientras el mundo se viene abajo frente a nuestros ojos.  

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 En su artículo "Desamor y reconquista del instante: Una fórmula contra el miedo a la libertad de nuestra época", Juan Pablo Carrillo Hernández explica que el ser humano tiene miedo a la libertad, pero que si antes la razón del miedo era el castigo por buscar esa libertad, ahora se ha transformado completamente y es el exceso de atención y de estímulos por el que somos “castigados”. Así, el goce es nuestra nueva forma de castigo, uno pasivo y positivo más cercano al soma de “Un mundo feliz” que al de “1984” en el que a veces parece que vivimos:  

"Ahora como nunca, el goce es el estímulo por el cual aceptamos obedientemente el dominio del Amo. La "economía de la atención" (…) es en ciertos ámbitos la perfección de esa técnica, que llevó el goce al nivel de lo instantáneo, lo cotidiano y lo normal. En “Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas tecnologías del poder”, Byung-Chul Han compara el rosario de la parafernalia católica con el smartphone, en la medida en que ambos son objetos portátiles de devoción que someten tanto en la vigilancia como en el control (…) el smartphone nos somete por la vía del goce, la recompensa que obtenemos al postear una selfie en Facebook o en Instagram una fotografía de la playa donde vacacionamos, acaso una ocurrencia que creemos ingeniosa en Twitter, y vemos cómo se acumulan los likes y las 'interacciones'".  

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Byung-Chul Han, como explicó Juan Pablo Carrillo, sostiene que vivimos en una prisión digital. Para él, las banderas que ondea el mundo digital: autenticidad, originalidad, felicidad (o por lo menos la simulación de esta) y el Big Data, son las nuevas formas en que se oprime a la masa. Bajo una falsa idea de libertad nos hemos entregado a un puñado de corporaciones que vigilan todos nuestros movimientos en línea, que siguen todo nuestro rastro virtual para entender nuestra mente y darnos exactamente lo que queremos.  

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Para muchos parece algo inofensivo, después de todo, lo mejor es que las empresas te den lo que quieres. Pero es así como se influye en la mente del consumidor y pronto se modifican sus gustos y comportamiento, creando personas pasivas, incapaces de ver más allá de lo que sucede en sus pantallas e imposibilitados para funcionar en el mundo real, ese en el que no se te da todo a través de un clic.  

El filósofo Byung-Chul Han dice que no tiene una solución, pero que supone que de seguir así, la humanidad colapsará y regresaremos a ser ese animal original: “que no consume ni comunica desaforadamente (…) vivimos en una época de conformismo radical: la universidad tiene clientes y solo crea trabajadores, no forma espiritualmente; el mundo está al límite de su capacidad; quizá así llegue un cortocircuito y recuperemos ese animal original”.

¿Qué piensas sobre esto? ¿Crees que deberíamos volver al animal original?

Fuentes:
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