Un Poema para Los Animales

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Un Poema para Los Animales
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Escribir sobre lo que significan estos seres en la vida diaria de todos nosotros; va mas allá de un simple gusto por sus peculiaridades y travesuras. He visto mucha maltrato sin sentido hacia ellos  y quiero con estas pocas palabras, recordar que también son seres vivos que merecen ser respetados y cuidados.


Para darnos una idea de cual es su papel en el mundo empezaré contándoles que los animales tienen innumerables funciones dentro de los ecosistemas; desde sembradores de bosques hasta controladores de la sobrepoblación; sin embargo, durante miles de años han sido objeto de utilización llegando en muchos casos a niveles de crueldad inimaginables y han sido obligados a aceptar nuestros estilos de vida y supuesto desarrollo.

Podemos decir que todo empezó en los inicios del periodo neolítico, (hace 11000 años), cuando el ser humano comenzó a establecerse en comunidades permanentes, pero aún no agricultoras, por lo que comenzó a guardar cabras y ovejas para utilizarlas como reserva alimenticia dándose así el primer paso para la domesticación.

Espero llegar a la meditación y abrir las mentes de todo el mundo con este poema; seamos conscientes de nuestros actos porque no somos los dueños del planeta y tampoco estamos solos.


” Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato;
debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero;
debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas. Lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría.
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre.
La sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan em New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos,
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías,
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas,
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones,
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la ultima fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando, en su pureza
como los niños de las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
Nos es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancia inacesibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Oxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
Qué voy a hacer? Ordenar los paisajes?
Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radían las agonías,
que borran los programas de la selva,
e me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite. ”

F. García Lorca

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