Relámpagos

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Relámpagos

Existe en la actualidad una necesidad de reencontrarnos con la naturaleza. Nos vemos aislados entre sí, aislados del espacio natural, desconectados con la tierra, los animales y las plantas, el río y la montaña.

A finales de los años sesenta en Estados Unidos y en Europa muchos artistas también sintieron esta necesidad, observando los signos inequívocos de una sociedad plenamente industrializada, consumista y distanciada.

Es por ello que comenzaron a replantear la materialidad y los espacios de exhibición de sus obras. Fueron dejando de lado los materiales convencionales, el espacio de taller, las galerías, el museo e incluso la ciudad, con la voluntad de convertir el paisaje natural en medio y en lugar de la obra de arte.

Richard Long,

La tierra, las piedras, los troncos de árboles, los ríos, las montañas empezaron a ser los nuevos materiales de un tipo de obras que, debido a su monumentalidad, requirieron soportes, emplazamientos que superasen los muros del espacio expositivo. A su vez, este cambio radical en cuanto a la objetualidad y al concepto de obra presupuso una durabilidad y observación de la obra solamente posible a través de filtros mediáticos (la fotografía, los filmes, el video o la televisión).

Este tipo de obras se denominó Earth Art (obras realizadas con materiales naturales) y Land Art (obras realizadas en espacios naturales). En estas obras se propusieron un nuevo acercamiento del hombre a la naturaleza, desde diferentes miradas y con varios cuestionamientos, siempre generando un nuevo diálogo con estos espacios naturales olvidados por el arte.

“Campo de relámpagos” (1977), de Walter de María

Entre las obras más destacadas del Land Art quisiera destacar “Campo de relámpagos” (1977), de Walter de María, realizada en el desierto de Nuevo México. 400 postes de acero inoxidable, de unos seis metros de altura, clavados en el suelo, actúan como pararrayos durante las tremendas y frecuentes tormentas eléctricas. Generan así una visión extraña y fascinante de la naturaleza, confrontándonos con nuestra pequeñez, desde lo sublime de la naturaleza, al igual que lo habían hecho los románticos alemanes.

El hombre manipula, construye, destruye, transforma, agrede y cree poder dominar la naturaleza, pero ¿es consciente a lo que se enfrenta?

 

El caminante sobre el mar de nubes, Caspar David Friedrich,1818

 

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