Mujer inmigrante: emociones, cambio e integración

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Mujer inmigrante: emociones, cambio e integración

Sí estás viviendo un duelo migratorio, es importante que prestes especial atención a los factores de vulnerabilidad que puedan marcar tu proyecto de migración y de vida.

Un post de Alejandra León 


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Hace algunos años leí esta carta por primera vez como mujer que había empezado su viaje de emigración a una nueva tierra.!!! 

En su momento me sentí comprendida y de algún modo sostenida por la experiencia de aquel que la escribió, que a la fecha son muchos los que se les atribuye el mérito!  Para quienes estamos lejos de casa, hemos emigrado por razones de trabajo, amor, estudio, guerras, etc. la nueva vida trae consigo una montaña rusa de emociones. Psicológicamente se ha llamado El duelo migratorioes un tipo de elaboración de la pérdida que empieza cuando una persona emigra. Es un proceso que puede culminar en éxito o en patología, ya que cuestiona los recursos y estrategias de adaptación de cada uno y moviliza emociones ambiguas haciendo que el duelo también lo sea. Puede resultar el más simple de los duelos, pero conlleva una serie de circunstancias que pueden hacer que se complique y trastoque todas las áreas de la vida de una persona.

 Esta experiencia de cambio obliga a la persona a trabajar en dos direcciones: la adaptación a lo nuevo y desconocido y la elaboración del duelo. Cada proceso de duelo es diferente, y el logro de estos objetivos se verá influenciado por características personales, las condiciones de la migración, el país de destino, el apoyo social, la nacionalidad, la edad… A veces ocurre que se produce una “pseudointegración”, por la que de cara a la sociedad la persona está perfectamente integrada, sin embargo, en su privacidad encontramos mucho sufrimiento” Sí estás viviendo un duelo migratorio, es importante que prestes especial atención a los factores de vulnerabilidad que puedan marcar tu proyecto de migración y de vida. 

Recuerda, se trata de es un proceso muy peculiar y  cada persona lo vive y experimenta de modo único.   


La carta: 

Somos muchos los que por diferentes motivos un día decidimos dejar nuestra casa, familia, amigos y amor para irnos a otra tierra a empezar de nuevo. 

Sin ventajas, sin enchufes, sin apoyo, sólo con la maleta llena de trapos inadecuados para el invierno, ilusiones, un título enrolladito (que sigue enrolladito y sin homologar). Un bolsillo escaso del dinero reunido durante el proceso de indecisión, y por si acaso, con las groserías bien aprendidas en todos los idiomas posibles, para por lo menos saber cuándo nos estaban insultando. 

Muchos quisimos tirar la toalla más de una vez y mandar a donde se merecía al ignorante de turno, agarrar el primer avión cuando no teníamos cerca a nadie que nos hiciera un caldo de pollo para pasar la gripe. Muchos gastamos todo lo que nos sobraba del sueldo en tarjetas, cibercafés, estampillas, y cuanto medio nos permitiera seguir en contacto con los que se quedaron en casa o con los otros que estaban desparramados por el mundo. 

Muchos tuvimos que auto-cantarnos el feliz cumpleaños, cuando la realidad es que desde que éramos pequeñitos nos cantaban otros el cumpleaños, cenar solos en Navidad, trabajar en Año Nuevo para que el trago fuera menos amargo. Muchos nos perdimos los momentos importantes en la vida de nuestros seres queridos, no sólo la cotidianidad, sino esos momentos memorables. Somos los eternos ausentes en las bodas, nacimientos, graduaciones, incluso de los funerales . Nuestro amor, dolor, llanto, melancolía, es como el valor en el servicio militar, se presupone.

 Nos hemos convertido en facebook-twitter-skype-whatsapp- dependientes, y eso después de haber superado la era de la icq-messenger-postalelectrónica-fax-dependencia. 

Hemos hecho nuevos amigos, formado una familia o hemos sido adoptados por la de otros. Nos hemos acostumbrado al frío o al calor, a que por estos lugares la gente hace cola para usar el transporte público, a caminar sin aferrarse a la cartera como si se tratara de la vida, a usar los hospitales públicos, a no dejar la luz encendida, a abrir las ventanas antes que encender el aire acondicionado, a dejar las frutas tropicales para los momentos especiales y atiborrarnos de fresas grandotas, esas que sólo comíamos en la temporada de verano. Hemos aprendido a cruzar la calle por donde se debe, conducir como se debe, bajar y subir por donde se debe, a sentarnos en el autobús o ir apretados, pero nunca colgando en la puerta, al silencio, a leer en el metro, a los parques con los columpios puestos, a la basura en los basureros, a la radio maaaaaaala y sin humor, al acento de Los Simpson, a cargar muchas moneditas en el bolsillo y reírnos solos pensando que rompimos el cochinito.

Hemos aprendido a explicarle al carnicero cuál es el corte de carne que queremos para hacernos una comida, a hacer un poco de teatro para hacernos entender. Se nos ha hecho un nudo en la garganta cuando al caminar por una calle lejana un artista callejero tocó y entonó una ranchera o un vallenato de nuestra tierra. Hemos sido hormiguitas ahorradoras para organizarnos unas vacaciones en nuestra casa. 

Nosotros no somos millonarios porque ganemos en dólares, euros o libras, no somos extranjeros porque tengamos doble nacionalidad, no somos sudacas, ni latinos. Somos un montón de gente que se la ha jugado… y puso la camiseta, quizá tanto como en nuestro propio país, pero con las oportunidades que allí no jugaban a nuestro favor. 

Nosotros somos testigos del cambio, porque para poder ver la totalidad de las cosas, hay que tomar distancia. Somos unos nostálgicos permanentes que añoramos el lugar donde nacimos y crecimos, pero el que era cuando nos fuimos… no el de ahora y que ya no reconocemos. 

Nosotros somos esos con amigos en todo el mundo, somos de esos que entendieron que las fronteras solo vienen en los mapas dibujadas, que siempre tenemos visita en casa, que enviamos cosas y pedimos encargos, esos mismos que sufrimos paranoias nocturnas preguntándonos si nuestros seres queridos están en casa sanos y salvos y que aunque estemos pasando un mal momento siempre le decimos a nuestras madres que “estamos bien”. Somos de esos que cuando el teléfono suena de madrugada ya contestamos casi llorando pensando que algo ha pasado, algo nos perdimos. 

Nosotros somos los que hacemos reír a nuestros nuevos amigos, los que les decimos que tienen que conocer el mejor país del mundo… pero que por favor, no vayan solos. Nosotros somos los que dejamos nuestra tierra y nuestra casa detrás de un sueño o del miedo, la extrañamos y siempre pensamos que aunque sea viejitos vamos a regresar. 

Después de tantísimos años fuera, tenemos esa extraña y amarga sensación de ahora no pertenecer ni a aquí, ni a allá… pero así va la vida y hay que disfrutarla!   


No sé de dónde seas o dónde te encuentres, quizá este texto ha resonado   contigo, conmigo lo ha hecho, como ocurre cada vez que acompaño a mujeres latinas que están ahora en España aprendiendo una nueva forma de vida, mujeres españolas que han emigrado a otros lugares, en definitiva mujeres de aquí y de allá que buscan y necesitan ser sostenidas en este proceso de migrar. En ese se gran  “estar entre” dos países, dos culturas, dos grupos de personas, dos planteamientos vitales, dos emociones enfrentadas… Afrontando las ganancias y pérdidas, los riesgos y beneficios que supone la nueva situación poniendo a prueba tu capacidades de adaptación y preparación psicológica para el cambio. 

Habrá veces que necesites un espacio de escucha, de acompañamiento, de sostén psicológico y social. Una ayuda que te permita elaborar tu duelo, ver todo tu potencial para ir adaptándote al  nuevo entorno, una mano que te acompañe en el caminar  y unos ojos que te ayuden a ver las múltiples  perspectivas que puede tener tu nueva situación vital. 

Espero que esta información te haya sido útil, y si quieres trabajar tus emociones y proceso, no dudes en ponerte en contacto.
Gracias por leerme y compartir.

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