Enamorarse...

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Enamorarse...

Un nuevo amor transforma nuestra vida.

Cuando nos enamoramos, experimentamos cambios extraordinarios de personalidad. En realidad, un nuevo amor transforma nuestra vida. Cuando nos enamoramos, la persona de quien nos hemos enamorado nos parece la más perfecta. Sólo la vemos a ella, sólo la oímos a ella y el resto de los seres humanos nos parecen aburridos y carentes de interés. En realidad, no es la persona que amamos la que es extraordinaria, sino nosotros mismos.


Una percepción extraordinaria.-

Nadie es tan extraordinario como queremos creer cuando estamos enamorados. Todos los seres humanos tienen unos límites y la persona amada no es una excepción. Pero, a pesar de esto, nos sorprendemos admirando hasta sus gestos más triviales. Cuando habla de la lluvia, del sol o de cualquier otro tema, la entonación de sus palabras tiene una cadencia maravillosa. Cuando camina parece que realiza prodigios de gracia y de equilibrio. Cuando come, cuando bebe, cuando se lava los dientes, lo hace como nadie lo había hecho antes. Sus besos son puro néctar y sus abrazos no tienen igual. Puede hacernos olvidar quiénes somos ya que inunda todo el campo de nuestra conciencia. Nos conmueve, nos trastorna, nos vuelve del revés. En realidad, la persona que amamos (probablemente encantadora, pero totalmente normal), no se ha transformado en una persona extraordinaria en el instante en que empezamos a amarla. Es nuestra visión de las cosas, y no la persona, la que ha sufrido una transformación radical. Lo que ayer nos era indiferente, o incluso horripilante, nos resulta hoy atractivo en la medida en que es la persona amada quien lo dice, lo hace, lo piensa o lo es. El amor no es ciego, como se dice con frecuencia, al contrario, ve las cosas muy claras, pero nos las hace percibir de otro modo. Podríamos decir, incluso, que es antes de enamorarnos cuando estamos ciegos a la belleza de la vida, a las cualidades de nuestro prójimo, siendo el amor el que nos abre los ojos proporcionándonos unas lentes extraordinarias para ver la realidad. En resumen, no nos enamoramos porque hayamos encontrado un ser extraordinario, sino más bien porque repentinamente tenemos una percepción extraordinaria de ese ser.

El darse uno mismo.-

La transformación radical en nuestro modo de percibir al otro no es sino un aspecto más de los muchos cambios que se producen en nosotros cuando nos enamoramos. El deseo de darse, de sacrificarse, es otro aspecto importante. Esto no significa que queramos darnos carnalmente al otro, al menos, no necesariamente. El deseo de darse corresponde a una realidad mucho más amplia. Cuando acabamos de enamorarnos, o cuando nos estamos enamorando, nada es lo suficientemente hermoso para el ser amado. No podríamos imaginarnos, por ejemplo, el acudir a una cita con él sin habernos lavado la cabeza o sin peinarnos. Y si la persona amada nos ha dicho que le gustaba el pelo de este modo o de aquel el otro, haremos todo lo posible por satisfacerla. Pensemos asimismo en el miedo que nos invade cuando invitamos a la persona amada a cenar en nuestra casa. ¿Estará todo bien ordenado? ¿Tengo el vino que tanto le gusta? ¿Me habrá salido bien su plato favorito? ¿Estoy bien vestido? ¿Tengo el disco que me dijo que le gustaba? Lo más extraordinario es que nos preguntaremos lo mismo incluso cuando normalmente no nos molesta en absoluto el desorden, nos da igual comer o beber una cosa que otra, o nos vestimos con lo primero que encontramos. En realidad, cuando nos enamoramos, parece que los gustos y las costumbres personales perdieran, si no toda, al menos mucha importancia. Nos importan más los de la persona amada. No estamos muy lejos, en estas condiciones, de negar totalmente nuestra propia personalidad, sobre todo si creemos que esto puede agradarle al otro. Es en este sentido en el que se habla de darse uno mismo, de sacrificarse. Hombres y mujeres actúan igual cuando se enamoran: repentinamente lo único que les importa es la felicidad del otro y es mediante esta felicidad como miden la suya propia.

El deseo de poseer.-
 El espíritu de sacrificio que se desarrolla siempre en nosotros, cuando nos enamoramos, no es totalmente inocente. Le damos mucha importancia a la felicidad del ser amado, pero sólo en la medida en que esta felicidad depende de nosotros. En resumen, intentamos colmar al ser amado para vincularlo a nosotros, para poseerlo. Difícilmente, podríamos actuar de otro modo: el ser amado responde a un montón de necesidades de nuestra existencia, llena un vacío. No deseamos, pues, perderlo, verlo alejarse llevándose nuestra felicidad. Pero esto plantea otra cuestión importante: ¿Cuál es ese vacío, cuáles son esas necesidades que la persona amada satisface?

Los síntomas precursores del amor.-

Existen diversas opiniones a este respecto, la más extendida es la que afirma que la persona que busca el amor desea enriquecer su existencia o encontrar su complemento. Si esto fuera cierto, bastaría con querer enamorarse para conseguirlo, estando, como ésta, el mundo que nos rodea lleno de gente que tiene afinidades con uno. Sabemos que el amor llega de repente. Además, las personas que intentan enamorarse de un modo consciente, se sienten frecuentemente decepcionadas. Para algunas la búsqueda del amor prosigue de forma incansable y frustrante. Otra tesis, bastante reciente y más atrayente, sostiene que el deseo de enamorarse y la predisposición a hacerlo responden más al inconsciente que a la parte consciente de la persona. Así pues, nadie que esté satisfecho, aunque sea parcialmente, de lo que tiene y de lo que hace, podría enamorarse. Esto querría decir que una profunda insatisfacción, inconfesada, sería, en realidad, una condición esencial para enamorarse. Esta insatisfacción engendraría en primer lugar el sentimiento de ser nulo, de llevar una vida aburrida y gris, de no valer nada, y al mismo tiempo, el de vergüenza por ser así y no hacer nada para remediarlo. Este sentimiento terminaría por convertirse en una impresión profunda de no existir, de no ser nada, de no tener nada, de no hacer nada que valga la pena. Los adolescentes serían, pues, los más susceptibles de enamorarse. Esta edad, en efecto, favorece la eclosión del sentimiento, (sobre todo inconsciente), de no existir, de estar en tierra de nadie, entre la infancia (donde lo tenían todo) y la edad adulta (donde esperan tenerlo todo). Ahora bien, cuando se cultivan sentimientos de este tipo, uno está dispuesto a todo porque tiene la certeza de que no tiene nada que perder. Esto explicaría ciertos comportamientos suicidas de algunos adolescentes: mala conducta al volante, abuso del alcohol, uso de drogas, ciertas formas de delincuencia. Pero, también explica el que los adolescentes se enamoren tan fácilmente. En resumen, solamente estaríamos preparados para enamorarnos cuando experimentáramos una profunda decepción de nosotros mismos y de nuestra existencia. Este es el vacío, esta es la necesidad que el amor estaría llamado a colmar.

Una revolución personal.-

Para el ser humano en vísperas de enamorarse, el pasado se alza como una barrera. Estos obstáculos se presentan bajo la forma de un resto de amor infantil, de inhibiciones, de temores, de esperanzas, de ver reanimarse un viejo amor apagado y triste, de sentimientos de seguridad con respecto a su situación actual. El nuevo amor, con un soplo prodigioso de cambio, barrerá todo esto. Efectivamente, cuando nos enamoramos, la caída que efectuamos nos proyecta a menudo a una nueva dimensión de la realidad. Nuestra personalidad se transforma entonces radicalmente: nos hacemos más impulsivos y, a veces, más extravagantes. Descubrimos, asimismo, nuevas capacidades en nosotros mismos, nuevos gustos en armonía con los de la persona amada. Los tímidos empiezan a expresarse, a lanzarse. Los duros se hacen tiernos, y románticos. Los que no pensaban más que en su trabajo empiezan a desatenderlo. A los sedentarios, les entran unas ganas repentinas de salir de su concha, de ir a espectáculos, de ver a gente, de viajar. Los muy sociables empiezan a preferir los encuentros en la intimidad. Es, en realidad, toda la red de relaciones sociales y personales de la persona enamorada la que sufre las consecuencias de este acontecimiento. Se deja debe a los padres y a los amigos que se visitaban regularmente. Se pone fin a rituales, como el de ir a comer con la familia todos los domingos, que se venían practicando desde hacía tiempo. En resumen, el edificio de las relaciones con los demás sufre una fuerte sacudida y le damos la vuelta como si de un guante se tratara. Lo mismo sucede con los gustos personales, puesto que estos suelen ir frecuentemente emparejados con los hábitos. Junto al ser amado descubrimos, por ejemplo, que nos gusta la cocina. Empezamos a vestirnos de otra manera. Descubrimos otros tipos de música, autores, intérpretes que antes nos eran indiferentes. En realidad, el amor que nace en nosotros nos produce, en todos los campos, el equivalente a una subida de adrenalina. Nos entran unas ganas inmensas de probarlo todo, de cambiarlo todo, de poner todo en tela de juicio. Nos proporciona el valor que nos faltaba antes, para hacer una y mil cosas. Un ejemplo particularmente significativo es el de las personas que están gorditas y no en muy buena forma. Cuando se enamoran, es frecuente verlas seguir escrupulosamente un régimen adelgazante y hacer ejercicio de forma regular. En realidad, el inicio de un amor acarrea casi siempre transformaciones físicas en la persona enamorada. Duerme menos, (en ocasiones verdaderamente poco), y con mucha frecuencia también come menos y a menudo mejor. Como por añadidura está muy activa en todos los planos (físico, emocional), su metabolismo funciona mejor y su estado de salud general mejora. Enseguida empieza a irradiar felicidad. Todos estos cambios producidos por el amor que nace en nosotros son, pues, las consecuencias visibles de una verdadera revolución personal. Nuestra antigua personalidad ha quedado barrida de un soplo, y sólo queda lo nuevo, lo que nos acerca al ser amado.

Los amores desgraciados.-

Pero ¡ay! nadie ha dicho que el hecho de enamorarse sea siempre una aventura feliz. Incluso cuando todo va bien y somos correspondidos en nuestro amor, el estado de febrilidad emotiva en el que nos sumerge el amor, puede predisponernos a vivir como si fueran dramas, sucesos totalmente triviales. A una simple distracción del ser amado, (que olvida, por ejemplo darnos un beso al despedirnos), le damos mil y una interpretaciones, todas igualmente trágicas. Todavía peor es la situación cuando nos enamoramos de una persona que no puede o no quiere responder a nuestro amor. Son muchos los que en este caso se retiran silenciosamente y se hunden en un estado depresivo en el que se mezclan la melancolía y los sentimientos masoquistas. En ocasiones, el enamorado decepcionado o rechazado expresa una abierta agresividad hacia la persona a quien deseaba entregarse. Pero el odio es un sentimiento cercano al amor y le da un vuelco el corazón cada vez que oye esa canción que escucharon juntos, cuando pasa ante el restaurante donde cenaron aquel día, cuando vuelve a ver aquel banco del parque. En algunos casos, puede llegar a obsesionarse con los hechos y los gestos del ser amado: no deja de preguntarse dónde estará, que hará en ese momento, si estará acompañado, imaginando vívidamente cada una de estas escenas. En realidad, el enamorado decepcionado se complace en esta atmósfera. La obstinación en querer seguir amando al otro pese a todo, corresponde, de hecho, a su rechazo a volver atrás, lo que negaría la revolución personal que se había iniciado en él. Como un autómata, vuelve a los lugares en donde vivió días felices. Esta enfermedad sólo tiene una cura: el tiempo. Finalmente, acabará por volver a su antiguo estado conservando ciertos elementos (gustos, costumbres) adquiridos junto al ser amado. Después un día, cansado de todo esto, estará de nuevo dispuesto a volver a enamorarse y volver a poner de nuevo todo en tela de juicio. A menos, que una voz interior muy fuerte le prohíba volver a enamorarse.

¿Puede durar el amor?
Otra gran desgracia (o al menos así se percibe de forma errónea) asociada al hecho de enamorarse, es el carácter efímero del fenómeno del amor naciente. Nadie puede pasarse toda la vida cuestionándose a sí mismo, poniendo patas arriba sus costumbres, cambiando sus gustos o viviendo “la revolución permanente”. Toda revolución tiene un fin y una llegada a un nuevo estado de cosas, el cual puede cambiar, pero al paso de tortuga de la evolución más que a la velocidad supersónica de la revolución. Lo mismo sucede con la excitación y la exaltación extraordinaria que provoca el amor naciente. Así, la pareja que acaba de enamorarse querría poder parar el tiempo y fijar para siempre las impresiones que están sintiendo. Saben, no obstante, que esto es imposible. Ya han empezado a crear nuevas costumbres, rituales que no son sino la repetición periódica de los elementos de la revolución que están viviendo: hacer el amor, comer, beber, dormir de cierta forma, dar paseos, compartir tal o cual afición, tener opiniones o modo similares de ver la vida. Mientras estos elementos sean nuevos en la vida de cada uno de los miembros de la pareja, el amor tendrá un aura particular. Pero cuando pasen a formar parte de lo ya ha adquirido, de la vida cotidiana, de la rutina, la revolución y la fiesta que la acompañan habrá finalizado. El amor puede durar y resultar más profundo, más complejo que el sentimiento que experimentamos al enamorarnos. Asimismo puede aportar grandes alegrías a la pareja permitiéndoles desarrollarse armoniosamente en paz y tranquilidad. Pero a veces puede también, pese a todo, convertirse en un suplicio inaguantable, llevar a la destrucción de la personalidad y hacerle a uno profundamente desgraciado. Todo depende de cómo la pareja se adapte a la situación. De este modo, el amor naciente puede convertirse en un amor más pleno, de la misma forma que la flor puede convertirse en un fruto hermoso, maduro y lleno de sabor.

Autor: Gerardo Castaño Recuero – Nuestro Psicologo Madrid


El enamoramiento puede desembocar en un amor maduro.
Etiquetas: amor, pareja
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