El control ha reemplazado al equilibrio

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El control ha reemplazado al equilibrio

Las canalizaciones de ríos y las represas apuntan a controlar los flujos del agua.

A pesar de que la tecnología y el conocimiento científico mejoran sin cesar, las enfermedades y las catástrofes ambientales van en aumento. Podríamos preguntarnos, por lo tanto, cuál es el objetivo final del conocimiento: ¿por qué estamos cada vez peor si sabemos cada vez más?


El paradigma científico actual responde a dos estrategias básicas: la fragmentación y el control. Si observamos el modo en que la ciencia estudia a la naturaleza y al cuerpo humano, veremos que el mundo ha sido segmentado: en la naturaleza, nos centramos en las especies que la componen; en el cuerpo, analizamos sus órganos. Cada especie y cada órgano son motivo de estudio particular; para ello, es necesario descomponer el mundo en porciones.

Con respecto al mencionado modelo de control, podemos comprobar que la medicina está más centrada en corregir los síntomas que en atacar la raíz de las enfermedades. Sobra decir que esta no es una estrategia exclusiva de los médicos; los pacientes también adhieren a ella, y por eso aceptan controlar su nivel de colesterol o glucosa por medio de medicamentos, en lugar de recuperar el equilibrio mediante una alimentación sana y actividad física.

La gestión ambiental no escapa a este modelo. Necesitamos controlar las crecidas de los ríos porque nuestras ciudades se han acercado demasiado a ellos. Debemos intervenir en los deslizamientos de tierra durante las lluvias porque hemos destruido el boque que protegía las laderas. Si no hubiéramos diezmado el bosque, sería innecesario saber qué debemos hacer para que éste se recupere. Los árboles saben cómo reproducirse; solo necesitan nuestra ayuda cuando las condiciones ambientales son desfavorables para su repoblación.

Recurrimos al control cuando el universo se encuentra fragmentado, o cuando se ha perdido el equilibrio. El conocimiento científico está enfocado en la reparación del daño que nuestra forma de vida le ha provocado al cuerpo humano y a la naturaleza. Debemos aprender a descontaminar el agua y la sangre porque las hemos contaminado. El control ha reemplazado al equilibrio.

Los animales ignoran qué es una caloría, pero no engordan. Nosotros calculamos las calorías como un modo de controlar los alimentos que ingerimos, a fin de mantener estable el peso corporal, o reducirlo. Si comiéramos solamente lo que nuestro cuerpo necesita (como hace un animal), mantendríamos un peso equilibrado e invariable a lo largo del tiempo. Y no tendríamos necesidad de recurrir al conocimiento acerca del valor calórico de los alimentos.

La fragmentación del mundo y la pérdida del equilibrio responden a varios factores, entre ellos el apego a la comodidad y la búsqueda de placer. Resulta más cómodo tomar pastillas que bajar de peso. Es más placentero comer algo sabroso que ingerir lo que nos mantiene sanos. La comodidad y el placer nos tientan y por eso debemos recurrir al control, que lucha contra las consecuencias de esas conductas.

Les hemos contagiado nuestros hábitos a las mascotas. El perro mira televisión con nosotros en la cama, y come restos de comida humana. Lleva una vida cómoda y placentera como la nuestra, en lugar de hacer lo que necesita: huir de la cama y gastar energía corriendo al aire libre.

Seducidos por la comodidad, preferimos el placer a la gratificación. El placer nos brinda una satisfacción inmediata. La gratificación, en cambio, conlleva un esfuerzo; y solo rinde sus frutos a largo plazo. Comer chocolate y ver televisión es placentero. Alimentarse sanamente y hacer ejercicio, en cambio, es gratificante; y también demanda esfuerzo. Una nutrición equilibrada no es quizá tan placentera como los manjares que nos tientan a diario; pero nos permite mantener la salud a largo plazo, y disfrutar de la actividad física (que no podemos desarrollar cuando comemos en exceso).

¿Cómo se recupera el equilibro y la armonía que tenían nuestros ancestros, que vivían junto a la naturaleza e ignoraban todo lo que nosotros sabemos? Sólo se puede prescindir del control cuando se alcanza el equilibro y se reconecta cada fragmento de la vida, volviendo a la unidad original. Los árboles protegen el suelo, en el cual se acumula el agua que a su vez fluye hacia los ríos. Todos los elementos del ambiente están conectados. Destruir el bosque es mucho más que acabar con los árboles: implica desproteger el suelo, favorecer la erosión y el aporte de sedimentos al agua, entre otras consecuencias negativas. Lo mismo sucede con nuestro cuerpo: la salud de un órgano depende del estado de los demás; el cuerpo no es una suma de partes sino un organismo vivo, en el cual sus órganos trabajan asociados.

Las ciudades, los cultivos y el desarrollo de infraestructura han fragmentado el ambiente, haciendo que los animales deban vivir en pequeños territorios convertidos en islas, desvinculados del resto del ambiente. Reconectar los fragmentos de vegetación implica establecer corredores biológicos, para que los animales puedan recorrer grandes distancias y mantener a salvo sus poblaciones.

Para recuperar la armonía es importante emprender un éxodo desde las ciudades hacia poblados más pequeños, donde la actividad humana no interfiera con la vida de los animales y las plantas. Las urbes nos imponen la necesidad de traer bienes de sitios lejanos, lo que implica un alto consumo de combustible, necesidad de infraestructura y una gran contaminación. En un pequeño pueblo, en cambio, la gente puede tomar los alimentos de la propia naturaleza, o cultivar en su casa. En el campo los terrenos son más grandes, están conectados con el entorno y son más baratos que en las ciudades. La vida en sitios pequeños favorece la continuidad ambiental y por lo tanto el equilibrio, tanto físico como mental. Un pequeño claro sin árboles no afecta el funcionamiento del bosque. Del mismo modo, un poblado humano en medio de la selva puede convivir en armonía con ella, en lugar de destruirla para crear infraestructura.

En materia de salud, recuperar el equilibro implica comer solamente lo necesario y moverse como lo hace la fauna. Al final de cuentas somos seres biológicos como los animales, y nuestro cuerpo está diseñado para beneficiarse de la actividad física y de una alimentación adecuada.

El contacto íntimo con la naturaleza nos aleja de los placeres (y por lo tanto de la necesidad de control), y nos acerca a la gratificación. En el mundo natural no existen grandes tentaciones. La naturaleza nos fuerza a rehuir la comodidad, y nos recompensa con valores inmateriales (aire y agua puros, ausencia de ruidos, presencia de animales, etc.).

Para recuperar el equilibrio solo necesitamos que prevalezca la Sabiduría Natural, aquella que les permite mantener su salud a los animales, a las plantas y a otros seres vivos. Debemos deshacernos de muchos de los objetos e ideas a los que nos hemos vuelto adictos. El equilibrio implica restaurar vínculos: que no haya desconexión entre los órganos del cuerpo, entre los seres humanos y el entorno, entre los árboles, el suelo y el agua que en él se acumula.

El conocimiento científico promueve el control y la fragmentación por medio de la abstracción mental. La sabiduría, en cambio, procura la restauración del equilibrio y una visión holística del mundo a fin de recuperar la unidad original, que el conocimiento humano ha fragmentado.

Más información sobre este tema en mi obra Sabiduría Natural

Jorge Guasp
www.coaching-vida.com



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