El chicle que rescató una selva.

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El chicle que rescató una selva.

Cerca de 46 cooperativas de Quintana Roo y Campeche unen sus esfuerzos, a través del Consorcio Chiclero, para explotar de forma sustentable el árbol de chicozapote, a fin de producir el único chicle 100% biodegradable y orgánico en el mundo; por si fuera poco, han diseñado un exitoso plan de conservación forestal que aplican en la zona mexicana del Gran Petén (segunda selva tropical más grande del continente después del Amazonas).


Hace décadas, al inicio de la época de lluvias, los chicleros se abrían camino en la selva con un machete, seguían el croar de las ranas para encontrar aguadas (zonas de agua potable) y acampaban para explotar el árbol de chicozapote (Manilkara zapota), y así obtener un látex natural que después se transformaría en chicle. Ahora, aunque es más sencillo acceder a la zona, la extracción continúa siendo la misma, pero en jornadas diarias de seis horas durante casi cinco meses seguidos (así mantienen viva una tradición maya que además es sustentable). El hombre afila el machete con el que empieza a hacer los primeros cortes en zigzag sobre la parte baja del árbol; luego se ata por la espalda con una cuerda al tronco, y con la ayuda de espolones comienza ascender al menos 20 metros. La savia escurre por los zurcos hasta un depósito previamente colocado en la base del árbol. “Un palo de estos puede dar cinco kilos si es de buena clase”, explica el chiclero Francisco Tadeo, quien lleva trabajando en la región 45 años.

Luego, la chiclerada (grupo de chicleros) junta la resina en un gran cazo para su cocimiento (el chicle
se obtiene de la deshidratación de esta sustancia), por lo que se mantendrá a fuego lento hasta que cuaje; es decir, cuando la espuma se vuelva amarillenta, para después estirarla y moldearla en marquetas (bloques que pesan 10 kilos). Por cada kilo, un chiclero recibe hasta seis dólares.

AMIGABLE CON EL ENTORNO

Chicza se caracteriza por ser una alternativa para contrarrestar la contaminación ambiental originada por las gomas tiradas al aire libre, ya que por ser hidrosoluble es un producto que puede desintegrarse en tan sólo unas semanas y no se adhiere a ninguna superficie. “La composición química de los chicles sintéticos y de los naturales es muy similar, la única diferencia es que los segundos pueden degradarse ya sea con luz solar o con bacterias del entorno”, asegura Víctor Calderón, bioquímico del IPN. Incluso este chicle orgánico puede funcionar como abono si es depositado en macetas o áreas verdes.

Etiquetas: selva, sustentabilidad
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