5 poemas que cambiarán tu visión sobre el amor

Compartir
5 poemas que cambiarán tu visión sobre el amor

Con el amor correspondido se puede llegar a una dicha que parece eterna, incluso lo es, si encapsulamos un momento de perfección y no dejamos que nada, ni el paso del tiempo lo contamine. El amor nos puede llevar a conocer otros mundos y nuevas sensaciones, sin embargo, es esa múltiple cara que hace que también nos deja conocer la miseria más mundana. Arrastrarnos por la tristeza y la depresión. Así es el amor, tan hermoso y escalofriante, imposible de entender jamás.  


 Esas distintas caras del amor: dicha, desamor, placer, soledad y crecimiento son parte esencial de la experiencia total y pocos han logrado sintetizarla como los poetas. Es en sus palabras que la gracia o desdicha de ese monstruo de mil cabezas queda mejor representada. Todos hemos conocido a alguien que nos ha dejado ver todas esas caras en una sola relación, ¿te identificas?  

“Al separarnos” Salvador Díaz Mirón

amor

Nuestras dos almas se han confundido
en la existencia de un ser común,
como dos notas en un sonido,
como dos llamas en una luz.  

Fueron esencias que alzó un exceso,
que alzó un exceso de juventud,
y se mezclaron, al darse un beso,
en una estrella del cielo azul.  

 Y hoy que nos hiere la suerte impía,
nos preguntamos con inquietud:
¿cuál es la tuya? ¿cuál es la mía?
Y yo no acierto ni aciertas tú.  

“Funeral Blues” W.H. Auden

Detengan los relojes
desconecten el teléfono
denle un hueso al perro
para que no ladre
Callen los pianos y con ese
tamborileo sordo
saquen el féretro...
Acérquense los dolientes
que los aviones sobrevuelen
quejumbrosos y escriban en el cielo
el mensaje...
él ha muerto.  

Pongan moños negros
en los níveos cuellos de las palomas
que los policías usen guantes
de algodón negro.   

Él era mi norte mi sur
mi este y oeste
mi semana de trabajo
y mi domingo de descanso
mi mediodía, mi medianoche
mi conversación, mi canción.   

Creí que el amor
perduraría por siempre.
Estaba equivocado.  

No precisamos estrellas ahora...
Apáguenlas todas
Envuelvan la luna
desarmen el sol
Desagüen el océano y
talen el bosque
porque de ahora en adelante  
nada servirá. 

“Un último poema para Richard” Sandra Cisneros

soledad

24 de diciembre y seguimos otra vez.
Esta vez para bien, lo sé porque no te
eché - y de todos modos nos saludamos.  

Sin zapatos. Sin portazos.
Doblamos la ropa y nos fuimos
por caminos separados.  

Te fuiste con esa camisa de franela
tuya que me gustaba pero recordé tomar
tu cepillo de dientes. ¿Dónde estás esta noche?  

Richard, es Navidad otra vez
y el viejo fantasma vuelve a casa.
Estoy sentada junto al árbol de Navidad
preguntándome dónde nos equivocamos.  

Bueno, no funcionamos,
y todos los recuerdos, la verdad,
no son buenos.
Pero a veces hubo buenos momentos.
El amor fue bueno.
Me encantaba tu dormir chueco a mi lado
y nunca soñé con miedo.  

Debería haber estrellas
para grandes guerras
como las nuestras.
Debería haber premios
y mucho champagne
para los sobrevivientes.  

Después de todos los años de humillaciones,
el fracaso de varias vacaciones,
debería haber algo para conmemorar el dolor.  

Algún día olvidaremos ese gran desastre en Brasil.
Hasta entonces, Richard, te deseo lo mejor.
Te deseo amoríos y mucha agua caliente,
y mujeres más amables que como te traté .
Me olvidé la razón, pero te amé una vez, ¿te acordás?  

Tal vez en esta época, borracha
y sentimental, estoy dispuesta a admitir
que una parte de mí, enloquecida y kamikaze,
está lista para la anarquía, ama todavía.  

“Dos palabras” Alfonsina Storni

dos palabras

Esta noche al oído
me has dicho dos palabras comunes.
Dos palabras cansadas de ser dichas.
Palabras que de viejas son nuevas.  

Dos palabras tan dulces
que la luna que andaba filtrando
entre las ramas se detuvo en mi boca.

Tan dulces dos palabras
que una hormiga pasea por mi cuello
y no intento moverme para echarla.  

Tan dulces dos palabras
que digo sin quererlo
 -¡oh, qué bella, la vida!-
Tan dulces y tan mansas
que aceites olorosos
 sobre el cuerpo derraman.  

Tan dulces y tan bellas
que nerviosos, mis dedos,
se mueven hacia el cielo imitando tijeras.
Oh, mis dedos
quisieran cortar estrellas.  

“Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla del río” Fernando Pessoa

río

Ven a sentarte conmigo, Lidia
a la orilla del río.
Con sosiego miremos su curso
y aprendamos que la vida pasa,
y no estamos cogidos de la mano.
(Enlacemos las manos.)
Pensemos después, niños adultos,
que la vida pasa y no se queda,
nada deja y nunca regresa,
va hacia un mar muy lejano,
hacia el pie del Hado,
más lejos que los dioses.
Desenlacemos las manos,
que no vale la pena cansarnos.
Ya gocemos, ya no gocemos,
pasamos como el río.
Más vale que sepamos pasar
silenciosamente y sin desasosiegos.
Sin amores, ni odios,
ni pasiones que levanten la voz,
ni envidias que hagan a los ojos
moverse demasiado, ni cuidados,
porque si los tuviese el río también correría,
y siempre acabaría en el mar.
Amémonos tranquilamente,
pensando que podríamos,
si quisiéramos,
cambiar besos y abrazos y caricias,
mas que más vale estar sentados
el uno junto al otro oyendo
correr al río y viéndolo.
Cojamos flores, cógelas tú y déjalas en tu regazo,
y que su perfume suavice este momento
en que sosegadamente no creemos en nada,
paganos inocentes de la decadencia.
Por lo menos, si yo fuera sombra antes,
te acordarás de mí
sin que mi recuerdo te queme o te hiera
o te mueva, porque nunca enlazamos las manos,
ni nos besamos ni fuimos más que niños.
Y si antes que yo llevases el óbolo al barquero sombrío,
no sufriré cuando de ti me acuerde,
a mi memoria has de ser suave recordándote así,
a la orilla del río,
pagana triste y con flores en el regazo.

Fuente:
Comentarios